domingo, 3 de septiembre de 2017

Agustín de Foxá: un poeta diplomático (por José Mª García de Tuñón Aza en el nº 283 de La Gaceta de la Fundación José Antonio -*-)



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Decía el catedrático ovetense José María Martínez Cachero, que la mejor novela que se escribió en la zona nacional, durante la guerra civil, había sido «sin duda Madrid de corte a checa, de Agustín de Foxá». En 1993 volvería a salir una nueva edición que fue acogida favorablemente por la crítica, aunque no faltó quien como Ignacio Camacho en Diario 16 critica al editor Lara por haberla reeditado, a la vez, cómo no, que también critica a su autor porque para él «el fascismo español no fue políticamente fecundo ni intelectualmente brillante». Independientemente de lo que este intruso de la crítica literaria entendía por fascismo decir, por ejemplo, que Cela (Premio Nobel), Lain Entralgo, Torrente Ballester, Luis Rosales, Gerardo Diego, Josep Pla, Manuel Machado, Azorín, y un larguísimo etc., no eran intelectualmente brillantes es, sencillamente, no tener ni idea de lo que se escribe.




Foxá nació en Madrid el 28 de febrero de 1906 cuando era Miércoles de Ceniza y como él mismo decía, «entre mascarones y una charanga que tocó la Marcha real, lo que mi padre consideró de muy buen augurio». Cursó sus estudios de bachiller en el colegio de los Marianistas donde escribió versos en un periódico que hacían los propios estudiantes que se llamaba De todo un poco, y en donde publicaría un romance dedicado al Cid, que sería su primer trabajo que vería luz en un folleto. Después hizo Derecho, en la Universidad de Madrid, y, una vez finalizado los estudios universitarios, opositó al Cuerpo diplomático, desempeñando su primer cargo en la Legación de Bucarest en 1930. Siguieron Sofía y Budapest y a continuación un ascenso a secretario de embajada que estrenó en Roma. Después vendrían otros destinos en Europa,-América, y su última misión diplomática sería Filipinas
Su amistad y admiración por José Antonio Primo de Rivera le llevó a ser uno de los poetas que, junto con Pedro Mourlane Michelena, Rafael Sánchez Mazas, José María Alfaro, Dionisio Ridruejo, el propio José Antonio, la colaboración de Luis Bolarque y del maestro Juan Tellería, compondrían el himno falangista Cara al sol. Todo comenzó durante una cena en el restaurante vasco «Or-Kompón» situado en la calle madrileña Miguel Moya. Era el cuatro de diciembre del año 1935 y años después César Vidal, autor de un libro nada favorable a José Antonio, llegó a escribir que «no deja de ser curioso que los versos más conseguidos se debieran no a literatos como Foxá o Alfaro sino precisamente a José Antonio».
Foxá recuerda por primera vez a José Antonio volviendo de Segovia. Probablemente los dos habían coincidido en La Granja en casa de Marichu de la Mora, donde también estaba la poetisa Ernestina de Champurcín y Dionisio Ridruejo. Era una velada literaria y Foxá hizo entrega a la dueña de la casa de uno de los primeros ejemplares de La niña del caracol que acababa de publicar. «Aquella tarde –dice Riduejo–, oí por primera vez el conocido y algo proustiano Coche de caballos de Foxá, en la mejor vena de su línea neorromántica. José Antonio, quizá para animarme, me advirtió sobre los riesgos de contagio de aquella manera reminiscente de Foxá». Lo vería por última vez en la cárcel de Madrid y después le conmovió su testamento y la carta que le escribió a Rafael Sánchez Mazas: «…Te confieso que me horripila morir fulminado por el trallazo de las balas, bajo el sol triste de los fusilamientos, frente a caras desconocidas y haciendo una macabra pirueta. Quisiera haber muerto despacio, en casa y cama propia rodeado de caras familiares y respirando un aroma religioso de sacramentos y recomendaciones del alma; es decir, con todo el rito y la ternura de la muerte tradicional. Pero esto no se elige…».
El poeta diplomático, dedica varias páginas a José Antonio: el amigo, en sus recuerdos, donde, entre otras cosas escribe: «José Antonio transformó en amor aquel simple deseo. Porque entendía el alma metafísica de su país y su segura vocación de Imperio. Por eso, desdeñando el viento amorfo de la gaita quejumbrosa de añoranzas (¡oh!, morriñas de prados y ríos, sardanas y aurrescos regionalistas, que desembocaron en la sangre fratricida de los separatismos), él opuso las cuerdas contadas de la lira y definió genialmente a la Paria como a una unidad de destino. Porque el prado nativo se agosta y se seca el arroyo de nuestra niñez, pero dos y dos seguirán sumando cuatro, como desde el principio del mundo».
La Guerra Civil le coge en Madrid y a punto estuvo de ser fusilado cuando unos rojos querían llevarlo a la Casa de Campo para terminar con él. Su pasaporte diplomático, era en ese momento cónsul de España en Bombay, le salvó la vida. «Bueno, vámonos, dijo uno de ellos, de poco nos cargamos a un indio». Efectivamente, antes del 18 de julio el Gobierno de la República le había destinado a Bombay y después lo dejaron «en comisión» en el Ministerio. Al encontrarse en grave peligro, ya que constantemente se veía obligado a cambiar de domicilio, convenció al ministro para que lo dejara marchar a su puesto donde serviría mejor a la República, porque obviamente no había presentado su dimisión pues de haberlo hecho hubiera significado una muerte segura.

Al fin lo trasladan a Bucarest.
Sin poder precisar la fecha exacta, llega a Burgos a últimos de 1936 y al poco tiempo comienza a escribir su novela Madrid de corte a checa que finalizó en Salamanca en septiembre de 1937. En abril de 1938 se publica editada por «Ediciones Jerarquía», cuya edición se agota enseguida. Muy pronto habría una segunda, corregida y aumentada, editada en San Sebastián por la «Librería Internacional». Desde su incorporación a la zona nacional, colabora en la revista Jerarquía dirigida por el sacerdote Fermín Izurdiaga. También aparecen sus colaboraciones en el periódico Arriba España, de Pamplona, donde en un artículo publicado el 4 de agosto de 1937 dedicado a Salvador de Madariaga, termina con estas duras palabras: «La Nueva España, afirmativa, ofensiva, violenta, respeta mil veces más a los rojos que nos combaten cara a cara, que a ti, pálido desertor de las dos Españas, híbrido como las mulas, infecundo y miserable».
El 8 de noviembre de 1958, desde Manila, escribe a su padres: «Estoy desolado, solo. La horrenda enfermedad que desde hace cinco años me destruye, aunque amenguada, no ceja. Te aseguro que soy uno de los seres que está soportando al máximo el martirio… No me interesa nada de nada. Estoy muerto. Ni escribo. Ha sido y es, una horrenda tragedia». Regresa gravemente enfermo a España a mediados de junio de 1959 y fallece el día 30 del mismo mes en Madrid. Entre sus últimos manuscritos apareció este hermoso poema titulado Melancolía del desaparecer:

Y pensar que después que yo me muera
aún surgirán mañanas luminosas,
que bajo un cielo azul, la primavera,
indiferente a mi mansión postrera,
encarnará en la seda de las rosas.
Y pensar que, desnuda, azul, lasciva,
sobre mis huesos danzará la vida,
y que habrá nuevos cielos de escarlata,
bañados por la luz del sol poniente
y noches llenas de esa luz de plata,
que inundaban mi vieja serenata,
cuando aún cantaba Dios, bajo mi frente.
Y pensar que no puedo en mi egoísmo
llevarme al sol ni al cielo en mi mortaja;
que he de marchar, yo solo hacia el abismo,
y que la luna brillará lo mismo
y ya no la veré desde mi caja.


-*- La Gaceta de la Fundación José Antonio es una publicación electrónica dirigida por Emilio Álvarez Frías.

sábado, 27 de mayo de 2017

SOBRE FALANGE Y 'PODEMOS'. LA POLÉMICA ENTRE LOS ESCRITORES MANUEL PARRA Y JAVIER MARÍAS

Mejor, llamémosolo esperpento. Respuesta a Javier Marías (Manuel Parra en xyzdiario.com el 23/5/2017)
Mi admirado Javier Marías publica, en El País del domingo 21 de mayo, uno de esos artículos que, entre bromas y veras, pasan tétrica revista al mundo en que nos ha tocado en suerte vivir, y saca la consecuencia de que todo semeja, como reza su título, una peligrosa parodia.

A muchos nos ocurre lo que él reconoce: tememos echarle un primer vistazo al periódico, pues, a pesar de saber por anticipado que siempre ha sido así y que las noticias buenas no son noticia, se nos ponen los pelos como escarpias y, lo que es peor, a veces se nos embota el corazón, y solo la capacidad de reflexión que dicen que nos distingue a los humanos palía los sobresaltos, las alarmas y los espantos.
La pluma de Marías es vitriólica, y no es para menos; de ella no se escapa nadie: desde Venezuela hasta Corea, desde EEUU a esta Europa que se empeña en negarse a sí mismo (más o menos como España); desde Rusia hasta Turquía…, todo es para nuestro escritor una parodia, es decir, una imitación burlesca (la RAE dixit) del propio mundo. Pero uno prefiere atribuirle la calificación valleinclanesca de esperpento, es decir, un reflejo deformado de los héroes clásicos en los espejos cóncavos. Solo que don Ramón asignaba esta dudosa cualidad a la España de su tiempo, y, en realidad, es el mundo entero globalizado, sometido a un Sistema y un Pensamiento Únicos el que se pasea por el Callejón del Gato.
Incluidos, claro, nosotros, los españoles, porque estamos integrados, de hoz y de coz, en esa mundialización totalitaria. No lo reduzcamos a los saqueos de las empresas públicas de Madrid, pues me parece que en todas las Comunidades y en todos los partidos y sindicatos han crecido suficientes habas en cuanto a esto y a otras cosillas igualmente esperpénticas. Por ejemplo, el “y bueno, en Cataluña…”, con el que despacha D. Javier la situación en mi tierra podría alargarse al infinito y dar pie a multitud de artículos tan o más vitriólicos que el suyo.
Si será valleinclanesca la situación que el propio articulista no consigue zafarse de ella, al comparar -según un manido tópico de que han hecho gala la diestra y la siniestra españolas- a Podemos con esa Falange que él considera fenecida sin precisar.
Si algo ha existido en la España contemporánea que intentaba superar lo grotesco, lo zafio y lo esperpéntico, ha sido precisamente el falangismo joseantoniano; especifico el apellido porque otras imitaciones y derivaciones sí admitirían el nombre de parodia.
La elegancia y el rigor intelectual de José Antonio Primo de Rivera no tiene nada que ver con el revolucionarismo cuasi infantil del partido morado, del mismo modo que la excelente poesía sin odio contenida en el Cara al Sol, y reconocida por propios y extraños, poco tiene que ver con esa otra, también poesía, pero que encierra la amenaza del puño cerrado.
Habría que preguntarse, en todo caso, sobre las causas de que casi cinco millones de españoles indignados o a punto de indignarse hayan depositado sus esperanzas y sus votos e otra aventura esperpéntica cual la de Podemos. Quizás porque el mismo Sistema, que hace burla constante del falangismo, -parafraseando al profesor Muñoz Alonsotiene ahora que comer a precios prohibitivos el pan negro que le ofrece Pablo Iglesias por no haber querido comprar a precio justo la levadura espiritual y política ofrecida por José Antonio.

LA PELIGROSA PARODIA 

(Javier Marías en El País Semanal el 21/5/2017)

Hace ya tiempo que temo echarle el primer vistazo al periódico de la mañana. Uno va de sobresalto en sobresalto, de noticia en noticia alarmante cuando no espantosa. Ya sé que siempre ha sido así; que las noticias buenas no son noticia y que lo que la gente desea por encima de todo es indignarse y escandalizarse. Y este deseo no ha hecho sino ir en aumento desde la aparición de las redes sociales y la dictadura de la exageración en el periodismo. Pero basta retroceder unos meses para recordar que la situación del mundo no era tan delirante con Obama en la Presidencia, con el Reino Unido integrado en la Unión Europea, con Venezuela sin golpe total de Estado ni tantos muertos en las calles (los golpes de Chávez eran graduales), con Francia sin elecciones deprimentes, con Turquía sin absolutismo y represión feroz, con Egipto sin lo mismo.

Miro la primera plana del diario, ya digo, y lo único que me reconforta (me imagino que no soy el único) es el aspecto paródico de cuanto acontece, y que me impide tomármelo del todo en serio. Todo tiene un aire tan grotesco que cuesta creer que sea cierto y no una representación, una pantomima, una sátira. Veamos. Hay un país, Corea del Norte, que amenaza con lanzar bombas nucleares cada semana, y puede que tenga capacidad para ello. Pero las escasas imágenes que de allí nos llegan son dignas de una historieta de Tintín, con un sátrapa pueril y orondo que aplaude como un loco sus propios lanzamientos de misiles fallidos y obliga a desfilar a sus súbditos como a soldaditos de plomo. El objeto de sus amenazas es un Presidente de los Estados Unidos igualmente pueril e idiota, además de antipatiquísimo y nepotista, capaz de decir ante la prensa que ha lanzado un ataque contra Irak cuando lo ha lanzado contra Siria, de invitar a su homólogo de Filipinas, Duterte, que desde que fue elegido –elegido– ha ejecutado extrajudicialmente a unos siete mil compatriotas –siete mil– y se jacta de haberse cargado él en persona a tres de ellos. Este Duterte, por cierto, le ha contestado a Trump que ya verá, que anda ocupado (se entiende: asesinar a millares desgasta, y si no que se lo pregunten a los nazis y a los jemeres rojos). Trump también declara que se sentiría “muy honrado” de charlar con el sátrapa orondo, y nada ocurre. Erdogan, en Turquía, con el pretexto de un golpe contra él, tan fallido como dudoso, ha encarcelado o destituido a ciento cincuenta mil ciudadanos –ciento cincuenta mil–, de militares a periodistas y profesores. No sé, de haber habido tantos partidarios del golpe, éste no habría fracasado tan rápida y rotundamente.

CASI EL 40% DE LOS FRANCESES HAN VOTADO A UNA SEÑORA A LA VEZ BRUTA Y TRAPACERA, MARINE LE PEN, QUE SIMPATIZA CON LA FRANCIA COLABORACIONISTA DE LOS NAZIS
Luego está Putin, admirado por la extrema derecha y por la extrema izquierda, un megalómano propenso a fotografiarse con el torso desnudo o derribando a un tigre con sus propias manos, estilo paródico de trazo grueso. Y así nos acercamos a Europa, donde casi el 40% de los franceses han votado a una señora a la vez bruta y trapacera, Marine Le Pen, que simpatiza con la Francia colaboracionista de los nazis (niega esa colaboración, luego el Gobierno de Vichy era intachable) y rechaza a los refugiados porque en seguida quieren robarle a uno la cartera y el papel pintado de las paredes (sic: hace falta estar sonado para creer que a alguien le interesa su papel pintado). A esa señora no la ven con muy malos ojos el candidato Mélenchon, admirador confeso de Hugo Chávez y Pablo Iglesias, ni la mitad de sus votantes. En Inglaterra gobierna una mujer desagradable, patriotera y cínica, que antes de la consulta del Brexit defendía la permanencia en la UE y ahora brama contra lo que le parecía de perlas hace menos de un año. Su Ministro de Exteriores es un histriónico clon de Trump con estudios, Boris Johnson. De Polonia y Hungría no hablemos, países en la senda de Turquía y Egipto, sólo que cristianos.

En cuanto a España, el ex-Presidente de Madrid –el ex-Presidente– saqueaba presuntamente empresas públicas, y su madrina Aguirre estaba in albis, como el jefe del Gobierno Rajoy, que nunca se cansa de soltar perogrulladas. En el PSOE parecen detestarse mucho más entre sí que a cualquier adversario político, y por último hay un partido que se proclama de izquierdas, Podemos, y que es lo más parecido a la Falange desde que feneció la Falange: sólo le falta sustituir el vetusto himno de Quilapayún en sus mítines por el más vetusto Cara al sol, y le saldrá el retrato. Y bueno, en Cataluña hay también una serie de personajes tintinescos que proclaman que sus sueños van a realizarse por las buenas o por las malas. Porque a ellos les hacen mucha ilusión y eso basta.

Sí, todo desprende tal aroma de sainete, de opereta bufa, de esperpento o de lo que quieran, que eso es lo único que a muchos nos salva de la desesperación cotidiana. El problema aparece cuando uno ve imágenes de las arengas de Hitler y de Mussolini. Porque ellos parecían aún más paródicos que los gobernantes actuales, y ya conocen la historia.

domingo, 2 de abril de 2017

« LAS CAMISAS AZULES » Artículo de JAIME CAMPMANY publicado en el diario Arriba el 20 de septiembre de 1966 y recordado en la Gaceta de la Fundación José Antonio Primo de Rivera nº 230


Jaime, ¿qué hacemos con estas camisas?

La voz de mi mujer me llega desde el dormitorio. Estamos de mudanza. Trasladamos los viejos muebles, que no están definitivamente desvencijados; nuestras pequeñas y adoradas cosas, que sólo son un ñaque amasado de recuerdos desde el apeadero que nos dejamos en Madrid durante nuestra época romana al nuevo piso donde, por fin dispondremos, si Dios no nos aumenta la familia, del mínimo espacio vital, como ahora se dice. Yo ordeno los libros y mi mujer ordena las ropas.

–Jaime, ¿qué hacemos con estas camisas?



No puedo verla desde donde estoy yo, pero lo adivino arrodillada frente al armario grande, vaciando uno a uno, los cajones y apartando a un lado los calcetines casi transparentes a fuerza de golpe de
talón y batir de la lavadora; las camisas de cuello y puños desflecados; los pañuelos, demasiado cansados de volar del bolsillo a la nariz; las corbatas, torturadas por muchos nudos; la pajarita del «smoking» de los primeros Juegos Florales: los cordones de la Milicia Universitaria: la sahariana caqui de bolsillos tableados y gruesos pespuntes en las costuras que llevé a las Jornadas Literarias por Extremadura, cuando el pobre Cesar escribió que yo iba vestido de oficial del Ejercito canadiense de ocupación...

«Debe haber encontrado las camisas azules», pienso. Si. Aquí están. Son cinco. La más pequeña tiene el azul como jaspeado; junto al bolsillo izquierdo están todavía las tres saetas verdes que me bordó mi madre cuando me hicieron Jefe de una Centuria de Flechas. La otra tiene sólo dos flechas bordadas, porque entre los cadetes no pasé de Jefe de Falange. Hay otra, descolorida por muchos soles, mal pegados los botones y con algún costurón mal cosido; es la camisa que llevé a Ronda, con la que me asomé al Tajo y a la plaza pequeña y dorada; con la que anduve los caminos de la serranía que llevan a Montejarque o Setenil, entre viejas encinas que saben leyendas de bandoleros y contrabandistas; con la que recibí la estrella de cinco puntas de alférez de Complemento. Aquí están también mi camisa de seuista y la que llevé a El Pardo cuando los veinticinco años de arriba.
Mi mujer las ha desdoblado, una a una, y me las presenta cogidas por las hombreras. Después me mira. Espera una respuesta mía.

–Bueno, ¿qué hacemos con ellas?

Yo no he respondido. La verdad es que no sé si debo responder. Me siento lleno de confusión y de recuerdos. Esa es la camisa de mi primer Campamento. Sierra Espuña. Entonces leía yo a Rudyard Kipling y a Rabindranat Tagore. «El Cid» de Huidobro y el «Amadís», y empezaba a deletrear a José Antonio. Con aquella camisa pronuncié mi primera, balbuciente lección política. La más hermosa y perenne, la que hoy suscribiría palabra por palabra: «Camarada: que tu parcela sea la mejor...». Olía aún a guerra y era tiempo de primavera inicial, de consignas y canciones, de fusil pequeño y de banderas alzadas. Era el tiempo en que todos vestían con urgencia aquella camisa azul, incluso aquellos que en el 45, calientes todavía los rescoldos de la guerra grande, se descamisaron enseguida con ritmo de «streap tease» político.

Esa otra es la camisa de mi último albergue universitario. La vestí en Arbucias, entre los recios troncos de los bosques de Gerona., cerca de un pueblo alto y pirenaico que se llama como yo. Entonces leía a Ortega, me bebía a Unamuno, escribía glosas a Ganivet, me desojaba sobre Laín, aprendía de memoria a Machado, recitaba a Miguel Hernández y empezaban a fastidiarme los libros de Rafael Calvo Serer. Por la noche pasaba de Savigny a Hegel, de Fray Luis a Neruda. A su bolsillo sigue prendido un trocito de seda negra con el cisne del Cardenal Regente. Con esa camisa... ¡Dios mío, cuánta juventud, cuántas esperanzas, cuántas impaciencias, cuánto amor y cuánto trajín hay dentro de esa camisa! Ahí están mis obediencias esenciales, esas que todavía mantengo, y mis rebeldías invencibles, esas que nadie podrá sofocar.

Y aquí tengo la última. La que sintió el peso del féretro de José Antonio; la de las crónicas grises y aceradas de El Escorial en los 20 de noviembre; la de los veinticinco años de Arriba. Aquí están todas; la de las manifestaciones por Gibraltar español; la de las marchas del primer «Conozca usted España», pero con tuteo; la del «Cara al Sol» en el patio de la cárcel de Alicante; la que llevaba cuándo Ismael Herráiz le dijo a Rafael García Serrano que «ese muchacho de apellido tan raro venga por el periódico y escriba todo lo que quiera»; la que me puse para ir a decir que «si» porque España era afirmativa y sólo los melancólicos de fuera y los nostálgicos de dentro querían que se dijera «no»; la del abrazo al Apóstol después de dos días de mar y algunas leguas de tierra....

–Jaime, ¿me oyes? Dime de una vez que hago con estas camisas.

Mi mujer me ha hecho un gesto que quiere decir impaciencia. Después, otro que quiere decir desistimiento. Luego me ha mirado de nuevo. Quizá ha comprendido. Ha vuelto a doblar las camisas por sus mismos pliegues, muy despacio, y me ha preguntado con un interés excesivo para ser sincero:

–¿Has terminado con los libros?